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Cuernavaca-Córdoba

La ruta del volcán reloaded, esta vez hasta Córdoba.


Crónica por Roberto Vivero Miranda.

Hoy, después de mucho tiempo, hemos visto hacerse realidad uno de los más aventureros y extravagantes sueños que el corazón viajero alguna vez imaginara. El viaje Cuernavaca-Córdoba representa, por su sus sinuosos caminos a través de la basta sierra poblana, una meta complicada a pesar de sus "escasos" 400 kilómetros de recorrido.

Dos carriles en la ciclopista.

Echándose una fumarola.

PRIMER DÍA... reminiscencias.

Apenas calentaba el sol de las ocho de la mañana a nuestros cuerpos aun ávidos de sábanas y almohadas, cuando nos despedimos de casa y de todo aquello que dejaríamos atrás durante algunos días. Las maletas estaban listas desde la tarde / noche anterior, las bicicletas estaban, por primera vez, equipadas con luces traseras, delanteras y un velocímetro que nos diría la hora del día, nuestra velocidad actual, promedio y distancia recorrida. El aire fresco y a favor del incipiente primer día vaticinaba ya la rapidez con que cruzaríamos el estado... aun no llegaba la hora de la comida cuando el velocímetro marcaba ya 50 kilómetros y Cuautla se asomaba tímidamente en el horizonte.

 

 

Dos carriles en la ciclopista.

Interminables caminos.

Siempre me gusta pensar este tipo de viajes largos en función a paradigmas que, generalmente, están dados por las montañas; y ello en tanto que son ellas las que, de algún modo, se imponen como primer criterio de valoración del rumbo y avance del viaje. Así pues, el llamado cerro del gorila fue el primero del viaje. El imponente cerro se convierte en la primer verdad efectiva de nuestra realidad actual.

"este soy yo, viajando en mi bicicleta hacia un lugar que desconozco y al que aun no sé como llegar; sin embargo, lo que sí se es que cuando me acerque lo suficiente a este cerro sabré qué hacer y hacia donde ir"

Una novedosa dificultad que experimentamos a partir de las primeras horas de viaje fue la escasez de dinero... apenas 250 pesos para 4 o 5 días de recorrido bajo la dolorosa aridez del centro del país. De ahí que el pedir agua regalada se convirtiera en una necesidad poco más que imperiosa; y es que dilapidar nuestros raquíticos fondos en agua embotellada era un lujo que no podríamos permitirnos. Así, el primer reto, al menos en lo que respecta al agua, debió llegar como a eso de las 3 o 4 de la tarde del primer día cuando nuestras reservas se agotaron y debimos aventurarnos a pedir "caridad" por vez primera; sin embargo, unas de las más amables y coquetas pasteleras que alguna vez conociera nos regalaron, no sólo toda el agua que quisimos, sino que, además, un par de enormes fresas que representarían el postre de unas horas más tarde.

 

 

Ya era de tarde cuando cruzamos Morelos y una extraña línea parecía cortar con cierto misticismo el sol a la mitad... separando el pavimento del camino de terracería y a Morelos de Puebla; quizá como el paciente presagio de las dificultades y penurias que Puebla nos haría pasar en los días venideros.

Dos carriles en la ciclopista.

Cohuecan: Imposible conciliar el sueño.

Una vez más, y al igual que hace un año cuando nuestro destino final era Cholula, pasamos nuestra primera noche en San Bartolo Cohuecan, el primer poblado después de la frontera con Morelos. Esa tarde comimos algo así como medio kilo de tortillas con frijoles de lata y crema... una comida que, sin duda, dista mucho del banquete que uno esperaría como recompensa al espíritu después de 80 o 90 kilómetros de pedaleo; sin embargo, la prioridad en el ahorro, así como la punzante sensación de hambruna impregnaron con un sabor poco más que exquisito a nuestros ramplones alimentos. Al final, dormimos en el mismo lugar que hace un año... en el suelo, con ruidos de verbena y a un lado de una comandancia completamente ad hoc al tamaño de su pueblo.

 

 

SEGUNDO DÍA... todo cambia.

Al abrir los ojos como a eso de las siete, los insípidos rayos solares descubren una aplastante realidad que nos aleja violentamente de lo que alguna vez nos fue cotidiano, el frío de la mañana doblega el ánimo en cada doblez para el re-empaquetado de la bolsa de dormir... sin desayunos servidos y calientes en la mesa, sin regaderas con agua caliente. Apenas unos muy prácticos y casi benditos baños públicos a un lado de la comandancia, apenas un litro de leche directo de la caja, acompañada por medio kilo de plátanos comprados en la tiendita de la esquina y una barra de chocolate tipo la abuelita. Y como recordatorio de lo familiar, dos bicicletas sujetadas por una cadena que de inmediato nos recuerdan nuestra razón de estar. Es fácil partir cuando sabes que no serás extrañado o recordado... como un fantasma que pasó inadvertido en el endurecido y empolvado cotidiano de un pueblo. Y es que no vale la pena mirar atrás cuando el horizonte es luz y el corazón comienza a distinguir entre la naturaleza de aquel que viaja y aquel que visita.

Dos carriles en la ciclopista.

El camino que viene.

Eran quizá las diez cuando recordé cuán lejos había quedado ya el cerro del gorila, pues, para ese momento ya nuestros esfuerzos rendían culto al popocatepetl, así que lo seguimos fieles hasta el punto más alto del camino, hasta el punto donde los cerros anteriores comienzan a sentir vergüenza por su empequeñecida figura. A partir de ese momento, el camino se mostró mucho más dócil hasta las dos o tres de la tarde; tiempo en que hicimos el primer descanso obligado del día.

El hambre es, a mi juicio, una de las experiencias más aterradoras que existen; es capaz de doblar al más recio y entero de los ánimos en cuestión de horas; y para nosotros, aun cuando hicimos un desayuno relativamente pesado [a causa de la leche y el chocolate], pasado el medio día la falta de alimento comenzó a causar estragos... una fuerte depresión empezó a disminuir mis fuerzas físicas y mentales. Pero aquello no era cansancio, era el hambre que comenzaba a manifestarse en formas sumamente violentas; así que era urgente llegar al pueblo más cercano y comer algo, cualquier cosa, lo que fuera. Además, las reservas de agua nuevamente se encontraban en niveles alarmantes.

 

 

Un par de panes calmaron la sensación de hambruna, mientras que medio kilo de naranjas acompañaron y refrescaron el momento. El agua nos fue proporcionada en una iglesia donde la cotidianidad había sido secuestrada por el paso de un féretro que guardaba los restos mortales de un completo desconocido. Es extraño mirar el dolor de la gente ante una pérdida de ese tamaño cuando se es una especie de fantasma, cuando se es un espectador errante y prácticamente invisible; en esos momentos, pareciera que ni el dolor permanece, pareciera que todo se queda atrás, muy lejos en la memoria, sabiendo que una vez montados y listos para partir, ya no habrá marcha atrás.

 

 

Dos carriles en la ciclopista.

Atlixco: mala noche.

Aproximadamente 50 kilómetros registró el velocímetro cuando las iglesias de Atlixco comenzaron a aparecer una después de otra hasta que fuimos engullidos por su mancha urbana. Sin embargo, aquella ciudad que hace un año nos acogió afablemente y nos colmó de cuantas bonanzas puede pedir el viajero cansado, ahora nos dio la espalda sellando en tono burlesco nuestra penosa suerte.

Las iglesias que alguna vez fungieron como verdaderos oasis, hoy nos cerraban de golpe sus puertas en una completa indiferencia por el prójimo al que supuestamente aman. La policía nos proporcionó un espacio en una tarima pública alfombrada y semi- techada para pasar la noche, aunque más tarde nos daríamos cuenta de cuán caro pagaríamos ese gesto de amabilidad.

Dos carriles en la ciclopista.

Proporciones bíblicas.

A mi juicio, la muy desmejorada tarde / noche tuvo un único despunte a la hora de la cena... una torta de proporciones casi bíblicas y preparada en forma vegetariana con ingredientes comprados y obsequiados en un espacio prestado por el mercado de alimentos, hizo olvidar con facilidad la poca voluntad de ayuda poblana. Así, cuando menos lo notamos, estábamos ya acurrucados como buenamente nos fue posible, del mismo modo en que lo hicimos la noche anterior... en la calle, a la intemperie, con frío y con el ruido de un canta-bar local que no paró sino hasta las dos o tres de la madrugada.

 

 

TERCER DÍA.... el dolor del cielo poblano

Eran ya las siete y el sol parecía no poder descoser las gélidas costuras de la oscuridad atlixquense, en ese momento, el aurora se mezcló con la voz seca de un policía que exigía nos levantáramos. Una vez más repetíamos el mismo ritual matutino... ponerse los zapatos y abrigarse cuanto más fuera posible, doblar las bolsas de dormir y guardarlas en las mochilas, salir del pueblo sin hacer ruido, justo del mismo modo en que llegamos. Poco antes de salir y al girar la vista, descubrí cómo el popocatepetl permanecía imponente en el horizonte, como la evidencia más contundente de nuestro propósito inicial. Al mismo tiempo, mi teléfono celular arrojaba un mensaje que revolucionaría mi corazón y haría sentir renovadas mis fuerzas olvidando el crudo frío poblano.

Los primeros kilómetros del camino fueron lo suficientemente amables como para generar falsas expectativas y bajar la guardia para lo que horas más tarde nos esperaría. Y es que el primer revés del día llegó temprano, los policías que tan amablemente nos ofrecieron la tarima en que dormimos, nos habían robado las luces traseras de las bicicletas mientras dormíamos o quizá mientras cenábamos... ya no importaba, era un duro golpe al ánimo, al humor y a la economía [ya que era necesario reponerlas].

Dos carriles en la ciclopista.

Un camino rodeado de cerros.

Una decisión cuya suerte le fue confiada al destino, nos mandó por un camino rodeado por cerros y nada más que cerros; de ese modo, el desayuno lo hicimos bajo un árbol casi famélico que adornaba un llano cubierto por una especie de nada terrenal. Era una nada que, a su vez, estaba como aprisionada o encapsulada por cerros que parecían no dejar escapar ni al propio tiempo; pero que, además, por primera vez nos obstruían la vista del popo, o, por así decirlo, nuestro faro más alto.

La comida consistió en un pequeño par de tortas que nos recordaron el lejano banquete de la noche anterior... el queso y los frijoles soportaron la noche en forma casi heroica sin echarse a perder. A partir de ese momento, la sierra poblana asumía el mando y el absoluto control de nuestros destinos.

La primer meta del día era un pequeño pueblo llamado "El aguacate" que se encontraba a no más de cuarenta o cincuenta kilómetros de Atlixco; sin embargo, las condiciones agrestes del terreno nos complicaron en una forma inimaginable el avance.

Dos carriles en la ciclopista.

Tenga.

Pasaba ya el medio día cuando dominábamos las cimas de los primeros cerros y el sol, que comenzaba a brillar con una furia casi incontenible, nos obligaba a beber tanta agua que, en cada caserío a que llegábamos, resultaba necesario y urgente llenar nuevamente los botes. Pasadas las tres, estábamos completamente fundidos en medio de la sierra, las enormes cuestas representaban un enorme reto a la voluntad física y mental, incluso caminando. El sol inmisericorde hacía perder más agua y energías de las que podíamos reponer con los puros alimentos y, finalmente, el espíritu comenzaría a quebrarse, sintiéndose derrotado frente a un paisaje imposible... siempre estéril, siempre idéntico, siempre caliente.

El arribo al pueblo de "El aguacate" significó a su vez el regreso al camino pavimentado, a la ilusión de la buena fortuna. Allí, diez tortillas con aguacate y salsa, una cerveza y mucha, mucha agua, nos regresaron un momento la sonrisa; sin embargo, el daño estaba hecho y era prácticamente irreparable. Una agónica subida al cerro más alto del lugar terminó por evidenciar lo que celosamente nos guardábamos como secreto a voces, a partir de ahí las bromas y las sonrisas las remplazamos por las caras largas, la desesperación y el silencio sepulcral que hacía aun más difícil cada pedaleo.

Dos carriles en la ciclopista.

Un alto en el camino.

Con demasiadas horas de viaje sin descanso, y a una altura sobre el nivel del mar considerable, los rayos del sol habían penetrado nuestros cuerpos como cuchillos sobre suave mantequilla y empezaban a causar estragos. El cuerpo que ha sufrido una insolación severa deja de sudar aunque la actividad física no cese, la regulación automática de la temperatura a través del sudor se pierde y el cuerpo se sobrecalienta; en ese momento se presenta un cuadro inicial de fiebre ligera que se manifiesta en escalofríos que hacen aun más doloroso el lento avance. En ese momento, aun en el paso más corto se puede sentir cómo se quema la energía que debería estar siendo empleada en la urgente recuperación del cuerpo.

Finalmente nos alcanzó la noche... vimos nacer y morir el día sin poder llegar a un pueblo donde pudiésemos recuperar nuestros maltrechos cuerpos. La noche nos hizo viajar sometidos a niveles muy altos de estrés, especialmente por que las luces que nos habían sido robadas ahora las necesitábamos con desesperación; éramos prácticamente invisibles a los coches que pasaban a escasos centímetros de nosotros en la oscura carretera. Finalmente nada pasó y la estación de policías de Tepeaca nos abrió sus puertas.

 

 

Eran cerca de las nueve de la noche cuando estábamos ya envueltos en las bolsas de dormir, apenas unos minutos atrás nos deleitábamos con nuestro primer banquete compuesto por comida regalada; Roberto comía una especie de pollo en adobo mientras que yo, siendo vegetariano, comía un arroz acompañado de pan y leche. Pero todo ello palidecería frente a lo que sucedería un poco más tarde, casi mágicamente, como un regreso místico a la tierra y a los antepasados más lejanos que la memoria celular pueda recordar; por que, a decir verdad, ni los bebés duermen así. Nos entregamos al sueño como sólo a quien no le queda un ápice de energía puede entregarse, de la forma más pura y sincera... de la forma más honesta. Era ese tipo de sueño y descanso que sólo al más humilde desesperado se le obsequia.

CUARTO DÍA... más allá del límite de la resistencia.

La noche más larga trajo consigo el regreso del buen ánimo, de las sonrisas y las bromas... ni la comida fría, ni la falta de ducha, ni la ropa sucia o el dolor en las piernas dobló nuestro ánimo matutino; las bolsas de dormir estaban empaquetadas nuevamente y Tepeaca comenzaba a quedar atrás. La sufrida jornada anterior significó, sin haberlo notado, el cruce en línea recta de todo un pequeño sistema montañoso, y así, de repente el horizonte dejó entrever un cambio radical en el paradigma del viaje. Ya no nos regiríamos por el Popocatepetl, lo habíamos dejado tan atrás que ni siquiera notamos cuándo lo perdimos después de toda esa serranía; ahora el pico de Orizaba se alzaba imponente, casi con aires regios sobre nuestras frentes indicando amablemente el camino.... después de tan prometedora noticia visual, decidimos parar y desayunar.

 

 

Tecamachalco, que se encontraba a unos treinta o cuarenta kilómetros de Tepeaca, fue un punto estratégico, casi vital en lo que atañía a nuestras ambiciones. Ahí compramos las luces traseras para las bicicletas y nos preparamos mentalmente para no parar más, para decidir que no habría otro día más de viaje, que era todo o nada, que debíamos cenar, a como diera lugar, en Córdoba, Veracruz. Pero lo ambicioso de nuestros planes se volvería contra nosotros rápidamente... era como si no hubiésemos aprendido nada de nuestra humildad en la noche anterior, era como si no estuviésemos tratando al camino con el respeto que claramente exige.

Dos carriles en la ciclopista.

Cayendo la noche.

No habían pasado ni veinte kilómetros cuando un factor hasta entonces desconocido comenzó a presentarse; la fatiga muscular después de tres días y medio de sufrimiento; apenas pedaleábamos unos minutos en subidas ligeramente en pendiente, cuando las piernas perdían todas sus fuerzas, cuando la espalda comenzaba a revelarse contra el resto del cuerpo, cuando el cerebro comenzó a aparecer frente a todo el organismo como un tirano y el amotinamiento generalizado estaba en proceso. Justo en ese momento, las cuestas complicadas las caminábamos, y el buen ánimo de unas horas atrás era sustituido con un sentimiento de contradicción, es decir, con una voluntad que empujaba y con un cuerpo que se revelaba... que se quedaba dormido tan pronto se le relajaba.

 

 

De ese modo, entre estira y afloja en las negociaciones orgánicas, subimos hasta el punto más alto de las cumbres de Acultzingo; así lo hicimos, entre distancias a pié y distancias montados en las bicicletas, sin poder mover un hueso más, sin querer hablar siquiera. Sin embargo, el final de Puebla vio consigo terminarse la subida y comenzar una de las bajadas más pronunciadas, sinuosas, peligrosas y, desde luego emocionantes, que algún ciclista pueda alguna vez experimentar.

Las llamadas cumbres de Acultzingo son conocidas casi como un icono mítico por sus curvas cerradas, por sus barrancos extraordinarios y por sus cambios obligatorios de carril en las curvas más complicadas. El descenso, desde luego, exige una concentración más alta y precisa de lo común, ya que cualquier error trae consigo un desenlace fatal. Sin embargo, y a pesar del cansancio, el arribo al valle fue todo un éxito; tanto así, que nos detuvimos unos minutos, admirados por lo que hicimos... aun nerviosos después de la proeza.

Dos carriles en la ciclopista.

Ya casi.

Hubo, sin embargo, una variable que nunca calculamos... aun después de bajar las cumbres, Córdoba se encuentra a unos cincuenta kilómetros de distancia. Y es que el problema, en todo caso, se agravaba cuando tomábamos en cuenta que ya habíamos recorrido cien kilómetros para ese momento. Nunca habíamos recorrido tanto, nunca habíamos estado tan fatigados y, lo que era peor, el ocaso nos devoraba rápidamente desde el cielo veracruzano.

La noche nuevamente se abrió paso mirándonos viajar en una carrera contra el tiempo que claramente habíamos perdido; aun estábamos a veinte kilómetros de Córdoba cuando todo se hizo oscuro y hubo que encender las luces que recién habíamos comprado en Tecamachalco; aquello fue todo un éxito, al fin nos veían los coches y avanzábamos más tranquilos rumbo a casa... aunque con esfuerzos auténticamente raquíticos. Sin embargo, algo sucedería, algo que, francamente, era imposible calcular... estando al borde del abandono de las fuerzas, con la voluntad quebrada, la espalda seriamente lastimada y con un dolor en los músculos que nunca antes había experimentado, una fuente extra de energía comenzó manifestarse como la potencia que ya no teníamos; entonces comenzamos a avanzar, como si se tratase de flotar en la ingravidez... poco después dejamos de sentir dolor.

Dos carriles en la ciclopista.

El límite de la resistencia.

Una fuerza más allá del límite de la resistencia humana nos levantó en esa oscura carretera y nos llevó enteros a casa en un esfuerzo cuyo origen, aun ahora, seguimos sin comprender. Al bajar de las bicicletas apenas y conseguimos sostenernos en pié... al menos durante las primeras horas. Y es que hoy, a unos días del inolvidable recorrido que a cada mañana me parece más y más lejano, me pregunto si lo volvería a hacer... pero la verdad es que no lo sé. En todo caso, y como dijo un gran amigo mío:

México es muy grande, grandísimo. Yo, por el momento, me olvidaré de la bici en los siguientes días y me dedicaré a la contemplación.