Se puede hallar agua incluso en el desierto más hostil; se encuentra deformidad en la perfección; coraje en la cobardía y talento en la limitación; contrastes que en una imagen son necesarios para dar profundidad y volumen, ya que resaltan las luces y las texturas. Este aparente e inverosímil equilibrio llega incluso a rayar en lo absurdo, de no ser porque, irónicamente, resulta tan fabuloso como el disparatado plan puesto en marcha desde las alturas. ¿Cómo explicar la disonancia de un astrónomo que nunca pudo ver con claridad las estrellas que registraba? Kepler, al fin y al cabo, fue el primer astrofísico [1] ; dependía más de su poder analítico que de la observación directa. Cuánto debe la ciencia a la viruela que lo aquejó de chico es imposible saber. Pero si Kepler intuyó la mano de la providencia, ¿habría reparado en que esa merma física, que lo imposibilitaba para recolectar evidencia empírica, habría permitido que pudiese percibir movimiento más allá del plano visible, en términos meramente abstractos, incluso místicos?
Kassel University Library
Las tablas rudolfinas: 1627
Fue, en el sentido último de la frase, un místico matemático. El paralelo entre él y Pitágoras no es accidental: la concepción pitagórica de un orden matemático que subyace a la realidad está imbricada en toda la filosofía de Kepler. La matemática como el lenguaje idóneo para describir el universo. Para él, el fundamento mismo del conocimiento está en la idea unidireccional del orden; la evolución del conocimiento es perfeccionamiento, y ese perfeccionamiento, esa armonía, sólo puede existir en las matemáticas.
Las cantidades forman la estructura original del mundo... comprenden un reino maravilloso, de hecho divino, y expresan en símbolos lo Divino y lo humano por igual... No pretendo probar nada acerca del misticismo de los números: considero que es imposible hacerlo. [2]
Pero no era un místico recluso y necio, y si los datos no arrojaban correlación satisfactoria con el modelo, lo desechaba, por muy alambicado que haya sido el deseo de coronar sus teorías con sólida argumentación. Kepler creía con honestidad que la astrología podría tener algún día la seriedad de la consistencia y la rigurosidad del orden. "La más grande mira de todas las investigaciones del mundo externo deben ser para descubrir el orden racional y la armonía que ha sido impuesta en él por Dios y que nos ha revelado en la lengua de las matemáticas".[3] Bajo esta óptica Dios no es un ser arbitrario; tan manifiesto es que, parafraseando a Einstein, pareciera que no posee tiempo de jugar a los dados. Uno se vería forzado a pensar, entonces, que el plan maestro no está exento de humor. La providencia es una madre caprichosa que no da sin quitar, o que quita, para dar con la otra mano. Kepler, prematuro, enfermizo, venido a menos, medio ciego, era, para compensar, brillante, muy brillante. Infancia como destino: a los 5 años, en 1577, observa un cometa, y su aparición lo deja encandilado. Pareciera otra coincidencia que su más grande legado haya sido un regalo intestado: las observaciones que durante décadas Tycho guardó celosamente [4]. Tablas que le permitieron extrapolar sus leyes del movimiento, que sería ambicioso tratar de abarcar en este trabajo, y sobre las cuales existe extensa bibliografía, pero con las cuales podemos trazar la parábola del alma de un místico: no entiende el porqué de sus leyes, pero cree. Si hubiera podido vislumbrar los mecanismos que hacían posible sus leyes de movimiento celeste, y hacer que dejaran de ser puramente fenomenológicas, no sería hoy el telonero de Newton. Kepler, sospechó, sin embargo, que el Sol tenía algo que ver. Pero cada actor tiene un papel en la obra, y ambos Newton y Kepler, tuvieron que inventar las herramientas matemáticas con las cuales abrirse paso en una jungla de obscuridad. Como actores que fueron, Newton reconoció que si vio tan lejos fue por haberse parado sobre los hombros de gigantes, Galileo y Kepler. Curiosamente son las leyes de este último las que pueden probarse con la física newtoniana, pero ocurrió que fuera al revés, y que la una fuera inspirada de aquéllas. Mas juzgar por el legado es hacer poca justicia al personaje: su obra es mucho más extensa en términos teológicos que en científicos [5]. Kepler cita en su diario,
Una generación desaparece y otra llega, pero la Tierra permanece por siempre [Eclesiastés 1:4]. ¿Acaso Salomón quería discutir con los astrónomos? No; más bien, quería advertir a los hombres de su propia mutabilidad, mientras la Tierra, hogar de la raza humana, permanece siempre igual, el movimiento del Sol regresa perpetuamente al mismo lugar, el viento sopla en círculo y regresa a su punto inicial, los ríos fluyen de sus fuentes al mar, y del mar regresan a las fuentes, y finalmente, mientras estos hombres mueren, otros habrán nacido. El cuento de la vida siempre es el mismo; no hay nada nuevo bajo el sol.
Su tercera ley se encuentra enterrada en su libro Harmonice Mundi (Armonía de los mundos, 1619), aunque en honor de la verdad es preciso decir que ésta, junto con las otras dos por las cuales es recordado, son meros pies de página en su búsqueda de las armonías. El mísitico es un iluminado, no necesita explicar lo que es, en su propia lógica, evidente:
¿Por qué desperdiciar palabras? La geometría existió antes de la Creación, es co-eterna con la mente de Dios, es el mismo Dios (¿Qué existe en Dios que no sea Dios mismo?)": la geometría proveyó a Dios con un modelo para la Creación y fue inplantado al hombre, junto con la imagen y semejanza de Dios -y no meramente entregado a su mente a través de los ojos. [6]
Los ojos, de nuevo, la ventana del alma, el velado respingo de quien ve con los ojos de la mente, que puede permitirse incluso una sinestesia de la semántica: dentro de la música de las esferas, la Tierra, pensaba Kepler, tocaba sólo dos notas... mí y re, porque vivimos en un estado de vicio, corrupción y miseria (del latin miserere). Hoy la referencia puede parecer risible. Al hombre le tocó vivir una vida dura; abogar por su madre cuando la acusaron de bruja; la semi-orfandad a manos de un padre que alternaba la vida del hogar con la de mercenario; la enfermedad; un físico débil y poco atractivo. El recelo permea su visión de la verdad: "En tanto la madre, Ignorancia, viva, no es seguro para la Ciencia, su hija, divulgar las causas ocultas de las cosas" [7]. Parece un tanto lógico que buscara consuelo y fortaleza en la palabra, en la infalibilidad de lo que está más allá, incluso si el oído receptivo del lector, quien finalmente otorga también la absolución, llegase o no en este tiempo:
He completado ya mi obra confesional... Me entrego ahora a una sagrada locura... Estoy lanzando los dados y escribiendo un libro para el presente o el futuro. No me importa cuál. ¡Quizá [el libro] deba esperar cien años para encontrar su lector! [8]
Y en efecto, así fue. El lector más inspirado de su obra, Newton, no nacería sino setenta años después, y la obra de éste, unas décadas más tarde. Newton, merecedor de un análisis aparte es quien termina el proceso de matematización de la astronomía, a su vez, otro místico: el último alquimista.
[1] En el siglo XVI, las matemáticas eran un apartado dentro de las artes libres, mientras que la física apenas una doctrina menor de la filosofía natural. Que el rigor matemático como lo conocemos hoy haya adquirido mayor preponderancia es, en su dimensión, un evento relativamente nuevo en la larga historia de la filosofía.
[2] Johannes Kepler, Harmonice Mundi.
[3] Johannes Kepler, Astronomis Nova.
[4] Las Tablas Rudolfinas (Tabulae Rudolphinae) serán publicadas por Kepler en 1627, conteniendo las posiciones de más de mil estrellas, la actual figura siendo 1,005. Eran tan precisas que incluían un factor de corrección para la refracción atmosférica, un verdadero avance para la época, si se considera que fueron hechas antes de la invención del telescopio.
[5] Barker y Goldstein (Fundamentos Teológicos en la Astronomía de Kepler, 2001) señalan que mucho de su razonamiento, como el de Descartes, se basa en argumentos religiosos, tanto así que Carl Sagan llegó a llamarlo el último astrólogo.
[6] Johannes Kepler, Harmonice Mundi.
[7] Johanees Kepler, Somnium, 1634
[8] Franz Hammer, Die Astrologie des Johannes Kepler, Sudhoffs Archiv 55, 2[1971], p. 124; ca. 1610
Autor: Roberto Hoyos
En línea desde: 02.07.2005